Por: Geraldine De la Hoz
Sumario: La extorsión ejercida por estructuras criminales ha transformado el terrorismo en Colombia. Ya no se trata de grandes atentados, sino de la asfixia cotidiana a comerciantes, tenderos y transportadores en los barrios de la capital del Atlántico.
Hubo un tiempo en Colombia en el que el terrorismo tenía la forma de un coche bomba que partía la madrugada en dos y dejaba cráteres en el asfalto. Era un mal ruidoso, monumental y televisado. Pero el terrorismo mutó.
Hoy, en pleno 2026, el monstruo ya no necesita mil kilos de dinamita para paralizar una ciudad entera; le basta con un panfleto deslizado por debajo de una persiana de metal, una motocicleta sin placas merodeando la cuadra y un mensaje de WhatsApp desde un número desconocido.
Si hay un lugar donde este nuevo rostro del terror ha clavado sus garras con crueldad quirúrgica, es en la capital del Atlántico. Bajo el sol implacable del Caribe, el monstruo tiene nombre y apellido. Y se han convertido en los verdaderos asesinos silenciosos de la esperanza currambera.
La esquina del barrio: el epicentro de la condena
Para entender la tragedia de la extorsión en Barranquilla no hay que mirar a las grandes corporaciones ni al Paseo Bolívar. Hay que ir a la esquina del barrio. Hay que hablar con el tendero que lleva treinta años fiando el pan y la leche, con la señora del salón de belleza en el suroriente, con el conductor de bus que se persigna a las cuatro de la mañana antes de encender el motor. Para ellos, el simple acto de salir a trabajar se ha convertido en una condena.
En los barrios de Barranquilla, prosperar es ponerte una diana en el pecho. La hegemonía de grupos criminales ha instaurado un terrorismo burocrático y asfixiante:
- El panfleto: Todo comienza con una nota intimidatoria bajo la puerta, a menudo adornada con calaveras o armas, exigiendo comunicación inmediata a un número de celular.
- La cuota de «seguridad»: Una exigencia económica semanal o mensual. La ironía más cruel de nuestra era: pagarles para que no te maten ellos mismos. Un «impuesto» paralelo cobrado a sangre y fuego.
- La represalia: Si hay resistencia o retraso, no hay diálogo. Lo que sigue es una ráfaga de balas contra la fachada de la tienda en plena luz del día, un conductor de transporte público asesinado al volante para paralizar la ciudad, o una granada lanzada contra el mostrador del comerciante que se atrevió a decir «no tengo plata».
Un paisaje urbano en silencio
Barranquilla siempre ha sido sinónimo de puertas abiertas, de sillas en la terraza y de verbenas donde el picó ruge hasta el amanecer. Pero han logrado lo impensable: silenciar el asfalto.
Si recorres hoy sectores como Chiquinquirá, San Roque o La Chinita, notarás un paisaje urbano desolador: rejas cada vez más altas, cámaras de seguridad que no logran captar el miedo y letreros de «Se Vende» o «Se Arrienda». No es que la economía formal haya fracasado, es que el terrorismo de barrio ganó la batalla.
| Dinámica social anterior | Realidad actual bajo la extorsión |
|---|---|
| Puertas abiertas y vida comunitaria en terraza | Rejas altas y confinamiento por seguridad |
| Comercios locales prósperos y tradicionales | Clausura de negocios y letreros de «Se Arrienda» |
| Denuncia ciudadana y presencia policial | Temor a denunciar por riesgo a sentencias de muerte |
Este nuevo modelo criminal opera bajo la humillación absoluta del ciudadano de a pie. El tendero barranquillero se ve obligado a convertirse en empleado de su propio verdugo. Trabaja de lunes a viernes para la mafia, y si le sobra algo el fin de semana, es para alimentar a su familia. El Estado, con sus promesas de seguridad, consejos extraordinarios y uniformes patrullando, a menudo llega tarde, o simplemente no llega, dejando al ciudadano atrapado en una ruleta rusa donde denunciar es, casi siempre, sinónimo de firmar una sentencia de muerte.
La dignidad inquebrantable de la calle
Y, sin embargo, a pesar de que el miedo es denso como el plomo, hay una dignidad inquebrantable en las calles de esta ciudad.
Cada madrugada, miles de comerciantes vuelven a subir las pesadas esteras de metal de sus negocios. Lo hacen con el estómago apretado, sudando frío y mirando hacia los lados antes de abrir el candado, pero lo hacen. Ese es el verdadero heroísmo contemporáneo en Colombia. No llevan capa; llevan delantales manchados de harina, grasa de motor o polvo de construcción.
Escribir sobre esto duele, porque es reconocer que hemos normalizado lo intolerable. El terrorismo no ha desaparecido de Colombia; simplemente bajó el volumen, se subió a una motocicleta y se metió en el bolsillo de los trabajadores. Hasta que como sociedad e instituciones no entendamos que la extorsión es la forma más pura de esclavitud moderna, seguiremos siendo una ciudad inmensamente rica y alegre, condenada a pagar con sangre el simple derecho a vivir en paz.