Durante más de ocho décadas, la izquierda colombiana y los distintos actores del conflicto armado compartieron, desde diferentes trincheras, un objetivo que parecía inalcanzable: llegar al poder ejecutivo. Esa meta histórica finalmente se materializó con la llegada del expresidente Gustavo Petro a la Casa de Nariño. Sin embargo, el clímax de esa lucha de casi un siglo no terminó en la consolidación de un proyecto político, sino en una implosión sin precedentes.
Una vez en la cima, el bloque progresista demostró que la cohesión que mantenían como oposición se desmoronaba en el ejercicio del gobierno. Las expectativas de un cambio estructural rápidamente se vieron opacadas por las disputas internas, los choques de egos y las fracturas ideológicas entre las mismas facciones que los llevaron al poder. No supieron qué hacer con el país que finalmente tenían en sus manos.
Lo más paradójico de este periodo político es el papel que jugó la oposición. Históricamente, la izquierda argumentó que la hegemonía de la derecha y las élites tradicionales bloqueaban cualquier intento de transformación. No obstante, en esta ocasión, no se necesitó de una derecha fuerte, organizada o implacable para frenar las reformas. Las barreras más infranqueables se construyeron desde adentro.
El fuego amigo fue letal. Ministros contra ministros, legisladores del mismo pacto saboteando proyectos clave y escándalos que minaron la confianza de sus propios electores. La izquierda se convirtió en su principal adversario político, demostrando que gobernar requiere mucho más que un discurso de resistencia.
Hoy, el balance de ese primer gobierno de izquierda deja una lección histórica: llegar al poder no es lo mismo que saber gobernar. Tras 80 años de buscar la oportunidad, el proyecto político terminó tropezando con sus propios pies, dejando un panorama de desilusión y una maquinaria estatal paralizada por sus propias contradicciones