Por: Geraldine De la Hoz
Existen piezas musicales que no pertenecen únicamente al pentagrama de lo terrenal; se convierten en altares encendidos, en rezos elevados a flor de piel que desafían el tiempo. En la historia de la música tradicional cubana, pocos himnos encapsulan la devoción popular y el misticismo afrocaribeño con la contundencia de Santa Bárbara, popularmente consagrada como Que viva Changó. Inmortalizada por la reina indiscutible del punto cubano, Celina González, acompañada por el virtuosismo en la guitarra de Reutilio Domínguez, esta obra es la cumbre absoluta del sincretismo religioso.
Hay un dato que lo cambia todo para entender su poder: Celina González tenía apenas 19 años, era hija de santeros y guajira de Jovellanos, Matanzas, cuando en 1948 compuso esta plegaria en plena época de censura. En una Cuba donde la religión yoruba era relegada a los solares y perseguida por las élites, una joven campesina tomó el punto cubano, el género más cubano y más blanco de la isla, y lo convirtió en tambor batá. Poner el grito de ¡Que viva Changó, señores! en la radio nacional no fue un capricho artístico; fue un acto de desobediencia sagrada.
Cuando la guitarra marca el compás con una elegancia solemne y la voz inconfundible, firme y caudalosa de Celina rompe el silencio, el aire de la isla se estremece. No es solo un tema para el deleite; es una invocación sagrada donde la poesía campesina se arrodilla ante el misterio de los orishas.
Desde sus primeros versos, la canción establece un puente invisible pero indestructible entre el fervor católico y la raíz yoruba, fundiendo en una sola identidad a la virgen mártir con el orisha del fuego, dueño del tambor batá:
Santa Bárbara bendita, para ti surge mi lira,
Santa Bárbara bendita, para ti surge mi lira,
y con emoción se inspira, ante tu imagen bonita.
¡Que viva Changó! ¡Que viva Changó!
¡Que viva Changó, señores!
Celina canta con una devoción que abruma, con el respeto absoluto que se le tributa a una de las deidades más poderosas del panteón de la Osha. Su voz no es un susurro tibio; es un moforibale, un saludo reverencial que nace de las entrañas. La lira del bardo se convierte en ofrenda sobre la estera, y la imagen de la santa se transforma en la puerta de acceso al ashé, la energía vital, y al poderío místico del rey de los rayos.
La genialidad de la letra radica en cómo entrelaza los símbolos de la regla de Osha-Ifá con una naturalidad deslumbrante. En cada estrofa, la poesía se vuelve liturgia pura, evocando los atributos y los misterios que protegen a los omó orisha, los hijos del orisha:
Con alegría y ternura, quiero llevar mi trova,
allá en tu mansión sagrada, donde lo bueno ilumina,
junto a tu copa divina, y tu santísima espada.
La espada y la copa de Changó, representadas en el sincretismo a través de los metales y los símbolos de Santa Bárbara, custodian a los creyentes contra todo aroyé, toda desgracia y mal de ojo. Más adelante, la plegaria se transforma en una súplica colectiva por la protección de la tierra que los vio nacer, pidiendo que derrame su gracia y su fuerza sobre los hijos de la isla:
En nombre de mi nación, Santa Bárbara, te pido
que riegues con tu fluido, tu sagrada bendición.
[…] y en el nombre de mi Cuba, este saludo te envío:
¡Que viva Changó!
Escuchar Santa Bárbara en la voz de Celina y Reutilio es someterse a una experiencia de arraigo absoluto. Es sentir cómo la música popular se convierte en el refugio donde un pueblo entero logró mantener viva su identidad, su memoria ancestral y su fe más íntima frente a cualquier adversidad.
Gracias al genio de este dúo legendario, el grito de ¡Que viva Changó, señores! dejó de ser un secreto oculto en los solares habaneros para convertirse en un eco inmortal que cruza fronteras, recordándonos que cuando el tambor suena con verdad y el ashe bendice el canto, el cielo entero responde con el estruendo de su bendición y la furia sagrada del rayo.