Por: Geraldine De la Hoz
Existen batallas en las que la rendición es el trofeo más dulce, y laberintos de piel en los que uno se adentra creyendo ser el cazador, solo para descubrir, con un escalofrío en la espina dorsal, que las puertas de la jaula han sido cerradas por dentro. En el vasto y voluptuoso universo de la balada hispana, ninguna obra ha logrado capturar el erotismo del ego vencido con tanta maestría como «Gavilán o Paloma».
Bajo la magistral interpretación de José José y la pluma afilada de Rafael Pérez Botija, esta pieza, que vio la luz en 1977, trasciende la mera canción de amor. Es la narración de un ritual de seducción que culmina en una celada perfecta; un espejo donde el arquetipo del donjuán invencible se resquebraja, dejando al descubierto a un hombre subyugado por la superioridad táctica de una mujer que dictó, desde el primer cruce de miradas, la cadencia del deseo.
La obra avanza con la cautela de un felino que acecha en la media luz. La orquestación es sigilosa, acariciando los sentidos y preparando el escenario para un cortejo que se antoja triunfal. En las estrofas iniciales, el protagonista se reviste con la armadura de la soberbia masculina; evalúa la escena, calcula el magnetismo de las luces bajas y se aproxima, embriagado por la certeza de ser el predador a punto de saciar su sed.
«No dejabas de mirar, estabas sola, / completamente bella y sensual. / Algo me arrastró hacia ti como una ola, / y fui y te dije: ‘Hola, ¿qué tal?'»
El diálogo interior respira una arrogancia sutil. José José, con ese inconfundible timbre de terciopelo oscuro, modula la voz para transmitir la seguridad del gavilán que sobrevuela a su presa. Las palabras fluyen como el vino en las copas, acercando los cuerpos hacia el umbral de lo inevitable.
Es en la transición del espacio público a la intimidad del lecho donde la crónica alcanza su clímax erótico. Cuando el protagonista cree poseer el control absoluto, dispuesto a desatar la tormenta de la pasión sobre una criatura que juzga inexperta, la atmósfera da un vuelco vertiginoso. La aparente fragilidad femenina se desvanece entre las sábanas. Ella no era la presa trémula que él imaginaba; era una sacerdotisa de la voluptuosidad, una maestra en el antiguo arte de amar que le había tendido una trampa tejida con gemidos mudos y caricias incendiarias.
La mujer toma las riendas del deseo, guiando las manos, marcando el ritmo de los latidos y arrastrando al seductor a un torbellino donde él ya no es el dueño, sino el instrumento de su placer.
Ante la avasalladora destreza de su amante, el ego masculino se rinde, devorado por la fascinación y el estupor. Es en este instante de dulce humillación cuando la garganta del «Príncipe de la Canción» se desgarra con una finura inusitada, lanzando al viento la estrofa que inmortaliza su capitulación:
«Amiga, hay que ver cómo es el amor, /
que vuelve a quien lo toma, /
gavilán o paloma. /
Pobre tonto, ingenuo charlatán /
que fui paloma por querer ser gavilán.»
La metáfora es tan devastadora como sensual. El gavilán, fiera indomable de los cielos, cae rendido, embriagado por el néctar de una paloma que fingió candor para atraerlo a sus dominios. La palabra «amiga» pronunciada en el coro no encierra un afecto platónico, sino la reverencia de un amante que saluda, desde la cama revuelta y la respiración entrecortada, a su verdugo carnal.
Interpretar el desmoronamiento de la altivez requiere de un erotismo poético del que pocos son capaces. José José no canta desde el despecho; canta desde el asombro y la complacencia del hombre que ha sido vencido en su propio terreno. «Gavilán o Paloma» nos recuerda que, en el intrincado juego de la pasión, el poder es un espejismo, y que no hay mayor deleite para el cazador empedernido que la exquisita condena de ser devorado en los brazos de una mujer que sabe, exactamente, cómo amar.